Nuevamente abandonaba El Calafate, pero esta vez
me aseguré de no tener que volver a Río Gallegos. En cierta manera me sentía
atrapada en el sur, como si alguna extraña fuerza no me dejara alejarme de ese remoto
triángulo en el mundo. Había decidido pasar un par de días en la costa antes de
adentrarme hacia la cordillera, por lo que pedí consejo a la joven que vendía
los billetes de bus. Me recomendó Puerto San Julián… Cuando lo recuerdo, aún me
dan ganas de volver a El Calafate, solo para abofetearla.
Parar en Puerto San Julián fue, sin duda, la
peor decisión de todas las que había tomado hasta el momento. Llegué a la
terminal de bus a las cuatro de la mañana, algo que todo el mundo sabe que no
se debe hacer. Esperé, decir “pacientemente” creo que sería mentir, hasta las
ocho de la mañana para ir a buscar alojamiento, pero no lo había. Las
alternativas eran pocas: si tenías carpa, el camping; si no, un hotel. Después
de recorrer todo el pueblo en esa gélida mañana, con el viento mordiéndome la
cara, en menos de dos horas decidí que no quería permanecer ni un segundo más
allí.
Esa parada en Puerto San Julián fue, sin duda,
la peor decisión que había tomado, pero también fue, sin duda, fuente de
importantes aprendizajes. Aprendí en unas pocas horas dos lecciones básicas,
que todo viajero debería tener en cuenta: nunca llegar de madrugada a un lugar,
y mucho menos si se trata de un pueblo; y lo que considero ahora más
importante, tener siempre en un papelito anotada la dirección del hostel o
alojamiento tentativo. No importa si después eliges no quedarte ahí, no importa
si decides cambiar, no importa si finalmente decides irte; pero la dirección en
tu bolsillo, la ilusión de que sabes adonde te diriges, créeme, te evitará la
enorme sensación de desamparo, la sensación de ser diminuto en el universo
cuando nadie sabe con exactitud dónde estás…
Resuelta, volví a la terminal. Malas noticias:
el próximo bus no salía hasta dentro de muchas horas, y yo todavía no había
dormido. Me fijé el objetivo, el que nunca debí alterar: llegar a Esquel. Y
para llegar a Esquel lo antes posible, debía improvisar. Me dirigí a las
afueras de San Julián, a una estación de servicio. Cuatro días en camión hasta
Ushuaia no podían ser en vano, había aprendido ciertas cosas y había llegado el
momento de ponerlas en práctica. En la estación de servicio, incontables
camiones miraban hacia el sur, mientras aguardaban su turno para repostar. Un
único camión miraba hacia el norte. Por suerte para mí, se trataba de un camión
de YPF; probablemente no tenga relación, pero siempre me siento más segura
viajando en camiones de grandes compañías que con fleteros particulares. Como
sería la tónica para todos mis desplazamientos futuros (por lo menos hasta el
momento), no me costó conseguir transporte (hasta Comodoro Rivadavia) más de
cinco minutos.
Llegamos a Comodoro relativamente temprano.
Tenía dos opciones: hacer noche en Comodoro o intentar que alguien me llevase
un poco más cerca de Esquel (o si era terriblemente afortunada, quizá incluso
hasta Esquel). Cinco minutos de dedo en la salida estratégica (que por supuesto
me indicó el señor YPF) fueron suficientes para que un alma caritativa me
llevase en su coche: “Voy hasta Sarmiento, te llevo”. Gracias, gracias,
gracias… Algo muy malo tiene que te lleven cuando estás muy cansada: todos
quieren saber de tu vida, quieren que les hables y les cuentes qué haces sola,
con una mochila al hombro, tan lejos de… ¿tu casa?
Llegué a Esquel casi con una
semana de retraso sobre lo previsto originalmente y con cierto bagaje
emocional, ese tipo de equipaje que no supone un peso adicional en la mochila
pero sí provoca cierta incomodidad interior.
Ana Harding
Ana Harding
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