martes, 3 de julio de 2012

Largo periplo a Esquel


Nuevamente abandonaba El Calafate, pero esta vez me aseguré de no tener que volver a Río Gallegos. En cierta manera me sentía atrapada en el sur, como si alguna extraña fuerza no me dejara alejarme de ese remoto triángulo en el mundo. Había decidido pasar un par de días en la costa antes de adentrarme hacia la cordillera, por lo que pedí consejo a la joven que vendía los billetes de bus. Me recomendó Puerto San Julián… Cuando lo recuerdo, aún me dan ganas de volver a El Calafate, solo para abofetearla.


Parar en Puerto San Julián fue, sin duda, la peor decisión de todas las que había tomado hasta el momento. Llegué a la terminal de bus a las cuatro de la mañana, algo que todo el mundo sabe que no se debe hacer. Esperé, decir “pacientemente” creo que sería mentir, hasta las ocho de la mañana para ir a buscar alojamiento, pero no lo había. Las alternativas eran pocas: si tenías carpa, el camping; si no, un hotel. Después de recorrer todo el pueblo en esa gélida mañana, con el viento mordiéndome la cara, en menos de dos horas decidí que no quería permanecer ni un segundo más allí.

Esa parada en Puerto San Julián fue, sin duda, la peor decisión que había tomado, pero también fue, sin duda, fuente de importantes aprendizajes. Aprendí en unas pocas horas dos lecciones básicas, que todo viajero debería tener en cuenta: nunca llegar de madrugada a un lugar, y mucho menos si se trata de un pueblo; y lo que considero ahora más importante, tener siempre en un papelito anotada la dirección del hostel o alojamiento tentativo. No importa si después eliges no quedarte ahí, no importa si decides cambiar, no importa si finalmente decides irte; pero la dirección en tu bolsillo, la ilusión de que sabes adonde te diriges, créeme, te evitará la enorme sensación de desamparo, la sensación de ser diminuto en el universo cuando nadie sabe con exactitud dónde estás…

Resuelta, volví a la terminal. Malas noticias: el próximo bus no salía hasta dentro de muchas horas, y yo todavía no había dormido. Me fijé el objetivo, el que nunca debí alterar: llegar a Esquel. Y para llegar a Esquel lo antes posible, debía improvisar. Me dirigí a las afueras de San Julián, a una estación de servicio. Cuatro días en camión hasta Ushuaia no podían ser en vano, había aprendido ciertas cosas y había llegado el momento de ponerlas en práctica. En la estación de servicio, incontables camiones miraban hacia el sur, mientras aguardaban su turno para repostar. Un único camión miraba hacia el norte. Por suerte para mí, se trataba de un camión de YPF; probablemente no tenga relación, pero siempre me siento más segura viajando en camiones de grandes compañías que con fleteros particulares. Como sería la tónica para todos mis desplazamientos futuros (por lo menos hasta el momento), no me costó conseguir transporte (hasta Comodoro Rivadavia) más de cinco minutos.

Llegamos a Comodoro relativamente temprano. Tenía dos opciones: hacer noche en Comodoro o intentar que alguien me llevase un poco más cerca de Esquel (o si era terriblemente afortunada, quizá incluso hasta Esquel). Cinco minutos de dedo en la salida estratégica (que por supuesto me indicó el señor YPF) fueron suficientes para que un alma caritativa me llevase en su coche: “Voy hasta Sarmiento, te llevo”. Gracias, gracias, gracias… Algo muy malo tiene que te lleven cuando estás muy cansada: todos quieren saber de tu vida, quieren que les hables y les cuentes qué haces sola, con una mochila al hombro, tan lejos de… ¿tu casa?

Te miran con una especie de admiración y de compasión; admiración porque creen que tienes el coraje suficiente para viajar sola, sin tener claro hasta cuándo; y compasión porque en el fondo creen que estás como una cabra, que no tienes todos los patitos en fila, que te faltan unos cuantos caramelos… Yo los miro a ellos con esa misma admiración y, probablemente, con esa misa compasión; admiración porque consiguieron tener una vida ordenada; y compasión porque, en el fondo, en mi desorden yo soy más libre, y como una cabra o no, no puedo dejar de preguntarme: ¿estará eligiendo la vida que lleva?

Dormí en Sarmiento, me levanté temprano para buscar un nuevo transporte. En menos de cinco minutos lo conseguí, como sería la tónica para todos mis desplazamientos futuros. Durante todo el trayecto, mientras contemplaba las cigüeñas extrayendo petróleo, no podría dejar de pensar que, por aquellas tierras, hacía millones de años había caminado los grandes dinosaurios. 

Llegué a Esquel casi con una semana de retraso sobre lo previsto originalmente y con cierto bagaje emocional, ese tipo de equipaje que no supone un peso adicional en la mochila pero sí provoca cierta incomodidad interior.

Ana Harding

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Comenta... o el pobre gato pagará las consecuencias.